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Barbarie del Especialismo

por José Ortega y Gasset


LA BARBARIE DEL «ESPECIALISMO»
La tesis era que la civilización del siglo XIX ha producido
automáticamente el hombre-masa. Conviene no cerrar
su exposición general sin analizar, en un caso particular,
la mecánica de esa producción. De esta suerte, al concretarse,
la tesis gana en fuerza persuasiva.
Esta civilización del siglo XIX, decía yo, puede resumirse
en dos grandes dimensiones: democracia liberal y técnica.
Tomemos ahora sólo la última. La técnica contemporánea
nace de la copulación entre el capitalismo y la ciencia experimental.
No toda técnicá es científica. El que fabricó
las hachas de sílex, en el período chelense, carecía de
ciencia y, sin embargo, creó una técnica. La China llegó a
un alto grado de tecnicismo sin sospechar 10 más mínimo
la existencia de la física. Sólo la técnica moderna de Europa
tiene una raíz científica, y de esa raíz le viene su ca
rácter
 específico, la posibilidad de un ilimitado progreso.
Las demás técnicas -mesopotámica, nilota, griega, romana,
oriental- se estiran hasta un punto de desarrollo que
no pueden sobrepasar, y apenas 10 tocan comienzan a retroceder
en lamentable involución.
Esta maravillosa técnica occidental ha hecho posible la
maravmosa proliferación de la casta europea. Recuérdese
el dato de que tomó su vuelo este ensayo y que, como dije,
encierra germinalmente todas estas meditaciones. Del si
glo
 V a 1800, Europa no consigue tener una población mayor
de 180 millones. De 1800 a 1914 asciende a más de
460 millones. El brinco es único en la historia humana. No
cabe dudar de que la técnica -- junto con la democracia
liberal -- lla engendrado al hombre-masa en el sentido
cuantitativo de esta expresión. Pero estas páginas han intentado
mostrar que también es responsable de la existencia
del hombre-masa en el sentido cualitativo y peyorativo
del término.
Por «masa» -prevenía yo al principio-- no se entiende
especialmente al obrero; no designa aquí una clase social,
sino una clase o modo de ser hombre que se da hoy en
todas las clases sociales, que por lo mismo representa a
nuestro tiempo, sobre el cual predomina e impera. Ahora
vamos a ver esto con sobrada evidencia.
¿Quién ejerce hoy el poder social? ¿Quién impone la estructura
de su espíritu en la época? Sin duda, la burguesía.
¿ Quién, dentro de esa burguesía, es considerado como el
grupo superior, como la aristocracia del presente? Sin
duda, el técnico: ingeniero, médico, financiero, profesor,
etcétera, etc. ¿ Quién, dentro del grupo técnico, lo representa
con mayor altitud y pureza? Sin duda, el hombre
de ciencia. Si un personaje astral visitase a Europa, y con
ánimo de juzgarla, le preguntase por qué tipo de hombre,
entre los que la habitan, prefería ser juzgada, no hay
duda de que Europa señalaría, complacida y segura de
una sentencia favorable, a sus hombres de ciencia. Claro
que el personaje astral no preguntaría por individuos ex
cepcionales,
 sino que buscaría la regla, el tipo genérico
«hombre ciencia», cima de la humanidad europea.
Pues bien: resulta que el hombre de ciencia actual es el
prototipo del hombre-masa. Y no por casualidad, ni por
defecto unipersonal de cada hombre de ciencia, sino porque
la ciencia misma -raíz de la civilización- lo convierte
automáticamente en hombre-masa; es decir. hace de él un
primitivo, un bárbaro moderno.
La cosa es harto sabida: innumerables veces se ha hecho
constar; pero s610 articulada en el organismo de este
ensayo adquiere la plenitud de su sentido y la evidencia
de su gravedad.
La ciencia experimental se inicia al finalizar el siglo XVI
(Galileo), logra constituirse a fines del siglo XVII (Newton)
y empieza a desarrollarse a mediados del xvm. El desarrollo
de algo es cosa distinta de su constituci6n y está
sometido a condiciones diferentes. Así, la constituci6n de
la física, nombre colectivo de la ciencia experimental, oblig6
a un esfuerzo de unificación. Tal fue la obra de Newton
y demás hombres de su tiempo. Pero el desarrollo de
la física inició una faena de carácter opuesto a la unificación.
Para progresar, la ciencia necesitaba que los hombres
de ciencia se especializasen. Los hombres de ciencia,
no ella misma. La ciencia no es especialista. IpBo lacto
dejaría de ser verdadera. Ni siquiera la ciencia empírica,
tomada en su integridad, es verdadera si se la separa de
la matemática, de la lógica, de la filosofía. Pero el trabajo
en ella sí tiene -- irremisiblemente -- que ser especializado.
Sería de gran interés, y mayor utilidad que la aparente
a primera vista, hacer Ul1a historia de las ciencias físicas
y biológicas mostrando el proceso de creciente especializaci6n
en la labor de los investigadores. Ella haría
ver cómo, generación tras generación, el hombre de ciencia
ha ido constriñéndose, recluyéndose, en un campo de ocupación
intelectual cada vez más estrecho. Pero no es esto
lo importante que esa historia nos enseñaría, sino más
bien lo inverso: cómo en cada generación el científico, por
tener que reducir su 6rbita de trabajo, iba progresivamente
perdiendo contacto con las demás partes de la ciencia,
con una interpretación integral del universo, que es
lo único merecedor de los nombres de cienc.a, cultura, civilización
europea.
La especialización comienza precisamente en un tiempo
que llama hombre civilizado al hombre «enciclopédico:.. El
siglo XIX inicia sus destinos bajo la dirección de criaturas
que viven enciclopédicamente, aunque su producción tenga
ya un carácter de especialismo. En la generación subsiguiente,
la ecuación se ha desplazado, y la especialidad
empieza a desalojar dentro de cada hOmPre de ciencia a
la cultura integral. Cuando en 1890 una tercera generación
toma el mando intelectual de Europa, nos encontramos
con un tipo de científico sin ejemplo en la historia. Es un
hombre que, de todo lo que hay que saber para ser un
personaje discreto, conoce sólo una ciencia determinada, y
aun de esa ciencia sólo conoce bien la pequefia porci6n en
que él es activo investigador. Llega a proclamar comQuna
virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto
paisaj e que especialmente cultiva, y llama d,ilettantismo a
la curiosidad por el conjunto del saber.
El caso es que, recluido en la estrechez de su campo visual,
consigue, en efecto, descubrir nuevos hechos y hacer
avanzar su ciencia, que él apenas conoce, y con ella la
enciclopedia del pensamiento, que concienzudamente desconoce.
¿Cómo ha sido y es posible cosa semejante? Porque
conviene recalcar la extravagancia de este hecho innegable:
la ciencia experimental ha progresado en buena parte
merced al trabajo de hombres fabulosamente mediocres, y
aun menos que mediocres. Es decir, que la ciencia moderna,
raíz, y símbolo de la civilizaci6n actual, da acogida
dentro de sí al hombre intelectualmente medio y le permite
operar con buen éxito. La razón de ello está en lo
que es, a la" par, ventaja mayor y peligro máximo de la
ciencia nueva y de toda civilización que ésta dirige y representa:
la mecanización. Una buena parte de las cosas
que hay que hacer en física o en biología es faena mecánica
de pensamiento que puede ser ejecutada por cualquiera,
o poco menos. Para los efectos de innumerables
investigaciones es posible dividir la ciencia en pequeños
segmentos, encerrarse en uno y desentenderse de los demás.
La firmeza y exactitud de los métodos permiten esta
transitoria y práctica desarticulación del saber. Se trabaja
con uno de esos métodos como con una máquina, y ni siquiera
es forzoso, para obtener abundantes resultados,
poseer ideas rigorosas sobre el sentido y fundamento de
ellos. Así, la mayor parte de los científicos empujan el
progreso general de la ciencia encerrados en la celdilla de
su laboratorio, como la abeja en la de su panal o como el
pachón de asador en su cajón.
Pero esto crea una casta de hombres sobremanera extraños.
El investigador que ha descubierto un nuevo hecho
de la naturaleza tiene por fuerza que sentir una impresión
de dominio y seguridad en su persona. Con cierta
aparente justicia, se considerará como «un hombre que
sabe». Y, en efecto, en él se da un pedazo de algo que
junto con otros pedazos no existentes en él constituyen
verdaderamente el saber. Ésta es la situación íntima del
especialista, que en los primeros años de este siglo ha
llegado a su más frenética exageración. El especialista
«sabe» muy bien su mínimo rinc6n de universo; pero ignora
de raíz todo el resto.
He aquí un precioso ejemplar de este amaño hombre
nuevo que he intentado, por una y otra de sus vertientes
y haces, definir. He dicho que era una configuración humana
sin par en toda la historia. El especialista nos sirve
para concretar enérgicamente la especie y hacernos ver
todo el radicalismo de su novedad. Porque antes los homobres
podían dividirse, sencillamente, en sabios e ignorantes,
en más o menos sabios y más o menos ignorantes.
Pero el especialista no puede ser subsumido bajo ninguna
de esas dos categorías. No es un sabio, porque ignora formalmente
cuanto no entra en su especialidad; pero tampoco
es un ignorante, porque es «un hombre de ciencia:.
y conoce muy bien su porciúncula de universo. Habremos
de decir, que es un sabio-ignorante, cosa sobl'emanera
grave, pues significa que es un señor el cual se comportará
en todas las cuestiones que ignora, no como un ignorante,
sino con toda la petulancia de quien en su cuestión especial
es un sabio.
Y, en efecto, éste es el comportamiento del especialista.
En política, en arte, en los usos sociales, en las otras
ciencias tomará posiciones de primitivo, de ignorantísimo;
pero las tomará con energía y suficiencia, sin admitir -- y
esto es lo paradójico -- especialistas de esas cosas. Al especializarlo,
la civilización le ha hecho hermético y satIsfecho
dentro de su limitación; pero esta misma sensación
íntima de dominio y valía le llevará a querer predominar
fuera de su especialidad. De donde resulta que aun en este
caso, que representa un máximun de hombre cualificado
-especialismo- y, por lo tanto, lo más opuesto al hombremasa,
el resultado es que se comportará sin cualificación y
como hombre-masa en casi todas las esferas de la vida.
La advertencia no es vaga. Quienquiera puede observar
la estupidez con que piensan, juzgan y actúan hoy en política,
en arte, en religión y en los problemas generales
de la vida y el mundo los «hombres de ciencia~, y claro
es, tras ellos, médicos, ingenieros, financieros, profesores,
etcétera. Esa condición de «no escuchan, de no someterse
a instancias superiores que reiteradamente he presentado
como característica del hombre-masa, llega al colmo precisamente
en estos hombres parcialmente" cualificados.
Ellos simbolizan, y en gran parte constituyen, el imperio
actual de las masas, y. su barbarie es la causa inmediata
de la desmoralización europea.
Por otra parte, significan el más claro y preciso ejemplo
de cómo la civilización del último siglo, abandonada
a su propia inclinación, ha producido este l'ebrote de primitivismo
y barbarie.
El resultado más inmediato de este especialismo no compensado
ha sido que hoy, cuando hay mayor número .de
chombres de ciencia:. que nunca, haya muchos menos hombres
«cultos» que, por ejemplo, hacia 1750. Y lo peor es
que con esos pachones del asador científico nI siquiera está
asegurado el progreso intimo de la ciencia. Porque ésta
necesita de tiempo en tiempo, como orgánica regulación
de su propio incremento, una labor de reconstitución, y,
como he dicho, esto requiere un esfuerzo de unificación,
cada vez más difícil, que cada vez complica regiones más
vastas del saber total. Newton pudo crear su sistema físico
sin saber mucha filosofía, pero Einstein ha necesitado
saturarse de Kant y de Mach para poder llegar a su
aguda síntesis. Kant y Mach -- con estos nombres se simboliza
sólo la masa enorme de pensamientos filosóficos y
psicológicos que han influido en Einstein -- han servido
para liberar la mente de éste y dejarle la vía franca hacia
su innovación. Pero Einstein no es suficiente. La física
entra en la crisis más honda de su historia, y sólo podrá
salvarla una nueva enciclopedia más sistemática que la
primera.
El especialismo, pues, que ha hecho posible el progreso
de la ciencia experimental durante un siglo, se aproxima
a una etapa en que no podrá avanzar por sí mismo si no
Se encarga una generación mejor de construirle un nuevo
asador más poderoso.
Pero si el especialista desconoce la fisiología interna de
la ciencia que cultiva, mucho más radicalmente ignora las
condiciones históricas de su perduración, es decir, cómo
tienen que estar organizados la sociedad y el corazón del
hombre para que pueda seguir habiendo investigadores. El
descenso de vocaciones científicas que en estos años se observa
-- y a que ya aludí -- es un síntoma preocupador
para todo el que tenga una idea clara de lo que es clvllIzación,
la idea que suele faltar al típico «hombre de ciencia»,
cima de nuestra actual civilización. También él cree que la
civilización está ahí, simplemente, como la corteza terrestre
y la selva primigenia.

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Bibliography

Mitzub'ixi Quq Chi'j
(c)Mitzub'ixi Quq Chi'j. Copy&wright[not rights] 2016

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